// 04-09-2007
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“CONFRONTANDO LO FEO” - Claudio Campagna
Es domingo 2 de septiembre de 2007. Hoy, la Fundación Patagonia Natural, una ONG ambientalista con sede en Puerto Madryn, promovió el Segundo Censo Nacional de Contaminación Costera. El primero había sido realizado en el año 1995; tres mil personas relevaron 2100 kilómetros de costa. Diez años después, miles de voluntarios se encuentran recorriendo las playas para atestiguar sobre la basura acumulada. La consigna es cuantificar la contaminación en categorías: plásticos, vidrios, combustibles. Escribo al regreso de mi día de voluntario, y antes de conocer los resultados de los demás participantes. Lo hago ahora, justamente para evitar que las cientos de miles de toneladas de residuos que serán reportados sesguen mi apreciación del tema. Me es indistinto si las redes y sogas acumuladas en las playas se midieran en miles o en decenas de miles de toneladas, o si las botellas, cajones de pesca, sunchos o bolsas de polietileno se contaran de a centenares de miles o de a millones. Tampoco es crítico que en el fondo del mar yazgan cantidades aún más alarmantes de desperdicios, porque para el tramo de costa que recorrí la basura proviene del mar... arrojada por la borda de los barcos pesqueros.
Caminé la cara sur de la Península de Valdés con otros tres voluntarios, Mirtha Lewis, Victoria Zavattieri y Julia Guzmán. Fueron unos 15 o 20 kilómetros de playas que conforman el núcleo del área de reproducción del elefante marinos del sur. Se trata de una de las zonas más espectaculares y valiosas del país. No es novedoso ver estas enormes playas de acumulación cubiertas por deshechos. Pero la caminata de diez horas registrando la basura en una planilla significó una obligación de confrontar lo feo desde el detalle, investigarlo casi como se mira la prueba de un delito. Las sensaciones y pensamientos aún frescos no deben ensuciarse con el dato cuantitativo; el disgusto y la desesperanza que genera lo feo es la esencia de la experiencia.
¿Qué encontramos? Ante nada el contraste de lo vivo... encontramos las primeras crías de los elefantes marinos, las primeras hembras paridoras y los primeros machos adultos, gordos, sanos, sin marcas de luchas o del desgaste que en algunas semanas les causará el ayuno en la disputa por la reproducción. Encontramos en Punta Delgada una ballena franca muerta, una hembra adulta de 16 o 17 metros de largo, y en otra playa, a unos 20 kilómetros, una cría muerta de ballena franca, tal vez la descendencia de la enorme madre; sin leche ni pericia frente a las corrientes y las olas, no pudo contra lo improbable de la vida. Encontramos un lobo marino que convulsionaba dolorosamente a medida que se arrastraba en la rompiente, un lobo peletero con una gran herida sangrante en la espalda por lo que parecía una mordedura de tiburón y un elefante marino con una cicatriz en el cuello causada por un suncho de nylon. En la línea de pleamar, contamos un centenar de pingüinos muertos, juveniles de pecho limpio que perecieron por enfermedad o hambre, o por caer en redes de pesca donde se ahogaron y terminaron arrojados por la borda, con los limones pasados, alguna cebolla marchita o una zanahoria demasiado dura para el guiso del mediodía. También encontramos una urna funeraria: Fernando Juan Aguirre, muerto en el 2004, un cajoncito con signos de haber estado fondeado a un lastre que el mar rompió y sacó a una costa aislada y silenciosa; una delicia como idea para el fin, por lo que no lo molestamos. Una botella de vidrio tenía un mensaje de un navegante que había cruzado el Atlántico de Málaga a Puerto Madryn; agradecía al universo por su suerte. Me gusta imaginar la botella navegando hacia la costa en compañía de esa urna que algún familiar no quiso en tierra, pero que tuvo en el mar la decisión del lugar final, y a nosotros como últimos ojos.
Vimos así agonía, sufrimiento y muerte en muchas especies, incluida la nuestra. Vimos una botella cuyo contenido le cambia el significado de basura a memoria, y también vimos basura. Una bolsa de plástico o un envase de mayonesa en medio de un harén de elefantes marinos es impropio. La sensación de lo indebido suscita la bronca al tiempo que desilusiona la voluntad, pero el mayor daño al vigor estético del paisaje no lo hace el objeto sino la palabra. La palabra en la basura se encuentra en las marcas, pero la razón impide atribuirle a la marca de una gaseosa la culpa por la presencia del envase al lado del ballenato muerto. Algo diferente ocurre con la palabra en los cajones de pesca que se apropian del espacio más que cualquier otra forma de la basura.
Un cajón de pesca tiene ínfulas de símbolo. Se trata de envases industriales de plástico, un poco más chatos y voluminosos que un cajón de manzanas, rectangulares, donde se estiba el pescado hasta que el barco llega a la planta procesadora. En su mayoría son de color negro o blanco, aunque los hay azules, rosa, verdes, amarillos, naranja. A los lados, debajo de las manijas, llevan impreso el nombre de la empresa a la que pertenecen.
Un cajón de pesca marca la apropiación del mar, dentro de cuyo contexto ocurre el volcado de la basura que llega a las costas. En cierto sentido es como el mensaje del navegante pero de signo opuesto, no se trata de una entrega del agradecer sino de una firma del apropiarse. Algunos cajones pueden haber caído al mar por accidente, pero el accidente no explica los 250 que contamos en 20 km de costa. Y estas son las palabras:
AGUSTINER
ALPESCA
ARBUMASA
ARGENOVA
BARILLARI
BONMARE SRL
CARSA
GAVETECO
CONARPESA / Grupo CONARPESA
CORPESCA
GRIFIN SA
HARENGUS
IBERCONSA
INDUSTRIA PESQUERA PATAGONICA
MACCHIAVELLO
MOLIENDAS del SUR
NAUTILUS
PANAPESCA
PESCAPUERTA
PESPASA
POSEIDON
La lista representa una parte de las empresas que pescan en las aguas patagónicas, pero no las agota. El mar argentino es el lugar donde veinte empresas hacen sus negocios, me decía un amigo, la lista tiene veintiuna. Pero los nombres no se ofrecen por lo que pudieran significar como denuncia. Las compañías no se harían cargo de su responsabilidad, dirían que los accidentes no pueden controlarse en un barco en actividad y que la tenencia de alguno de estos cajones por parte de un censista de basura representa un acto de robo; el voluntario terminaría pagando la multa. La razón por presentar las palabras tiene que ver con que ellas unen el objeto con su historia, y en la red queda atrapado el que se enfrenta a lo feo, a lo impropio entre la vida y la muerte, que es el rango de eventos al que se entrega naturalmente la costa.
¿Cómo hacer para que los involucrados en las etapas de decisión que terminan en el cajón tirado en la playa participen de la consecuencia de lo feo? ¿Habría que descontarle el sueldo al marinero que tira basura por la borda, o al capitán que lo permite? ¿Debería pagar una multa la empresa que se identifica con el símbolo en un cajón que no debe estar en una playa? Posiblemente la respuesta sea afirmativa y de ocurrir habría un poco más de justicia social. Pero la herramienta para controlar la dominancia de lo feo que se sostiene en el valor del dinero no es final, es paliativa. La única que podría hacerlo es la percepción de lo feo al punto de inhibir su ejercicio.
Me gusta imaginar que el cajoncito de cenizas perteneció al padre de un marinero, y me gustaría saber si ese marinero habrá arrojado alguna vez basura al agua. Posiblemente, él no hubiera querido que la memoria de su padre terminara en una playa de basura. Decidió que el mar era el lugar elegido para el final y no creo que hubiera celebrado que la urna cayese a un fondo podrido por desechos o cubierto por plásticos eternos. De habérselo imaginado así, lo habría guardado en su casa porque el mar ya no representaría un lugar para aceptar la memoria de un ser querido.
Fernando Juan Aguirre no puede compartir la playa con Pespasa o Iberconsa. La idea es simplemente inaceptable por razones que se presienten. Lo acompañan mejor la ballena, y en unos días ese lobo herido, partes del paisaje sin nombres impropios, sólo el de la muerte, y en el horizonte ese harén incipiente de elefantes marinos, y esa hembra que pare la próxima generación.
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